¿Quién es Mateo?

Cuando terminé de escribir Montar la Fire, sabía de qué quería tratar mi próxima novela.

Quería dar vida a las grandes historias de la Biblia para los jóvenes lectores.

No simplemente volver a contarlas.

Esas historias han sido narradas de manera hermosa durante generaciones.

Yo quería que los lectores las vivieran.

Que estuvieran junto a Noé mientras el arca tomaba forma.

Que caminaran por las calles de Babel.

Que presenciaran los momentos que cambiaron la historia a través de los ojos de alguien que estuviera allí.

Pero eso dio lugar a una pregunta mucho más importante.

¿Quién contaría la historia?

No Noé.

No Abraham.

Ni uno de los personajes que todos los lectores ya conocen.

Necesitaba a alguien que descubriera esos acontecimientos de la misma manera en que los descubrirían los lectores de hoy.

Alguien que hiciera preguntas.

Que sintiera curiosidad.

Que pudiera reír, cometer errores y crecer.

Alguien con quien los jóvenes lectores pudieran identificarse.

Durante mucho tiempo, no supe quién era esa persona.

Conocía las aventuras.

Conocía los lugares.

Incluso sabía que la historia transcurriría en Nicaragua.

Pero todavía no había conocido al muchacho que llevaría a los lectores a través de todo aquello.

Poco a poco, comenzó a tomar forma.

No de una sola vez.

Primero apareció su curiosidad.

Luego su espíritu aventurero.

Después empecé a pensar en el lugar donde viviría, en las personas que lo rodearían y en la familia que formaría su carácter.

Pero todavía faltaba algo.

¿Cómo sería Mateo?

Si la historia iba a desarrollarse en Nicaragua, no quería que Mateo fuera simplemente un niño cualquiera.

Quería que se pareciera a un muchacho que realmente pudiera encontrarse en una comunidad como Miraflor.

Así que comencé a crear imágenes.

Una tras otra.

Algunas se acercaban.

Otras no.

Cada una me ayudaba a comprenderlo un poco mejor.

Hasta que un día miré una nueva imagen...

y me detuve.

«Ese es Mateo.»


Mateo contempla las montañas desde la finca de su familia.

Por primera vez, ya no estaba mirando el concepto de un personaje.

Estaba mirando a Mateo.

A partir de ese momento, escribir fue diferente.

Podía verlo caminando por los senderos de la montaña.

Podía imaginarlo de pie junto a la antigua Biblia en la vieja iglesia.

Podía ver la expresión de su rostro mientras presenciaba los grandes momentos de las Escrituras.

Por fin se había vuelto real.

Una vez que supe quién era Mateo, el resto de la historia comenzó a cobrar vida.

Él no estaba allí para reemplazar a los héroes de la Biblia.

Estaba allí para caminar silenciosamente a su lado.

Para ver lo que ellos vieron.

Para aprender lo que ellos aprendieron.

Y para invitar a los jóvenes lectores a descubrir esas mismas verdades eternas junto con él.

La próxima semana, en Detrás de la Historia, les presentaré a otra persona muy importante en el mundo de Mateo: Doña Rosa, una abuela sabia cuyo amor, su fe y su tranquila sabiduría ayudan a guiar a un muchacho a través de experiencias que jamás habría imaginado.

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