Cuando la Historia No Es Solo Tuya
Amistades en el skatepark de León. Antes de poder contar su historia, primero tuve que aprender a escuchar.
Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse. — Santiago 1:19 (RVR1960)
Cuando comprendí que la historia de mi tercer libro había estado frente a mí durante años, pronto descubrí otra verdad.
Aquella historia no era solamente mía.
Los jóvenes que ayudaron a formar la comunidad de skate en León la habían vivido. Encontraron maneras de patinar cuando era difícil conseguir equipo y casi no existían lugares seguros para practicar. Compartieron tablas, construyeron rampas, se animaron unos a otros y siguieron adelante cuando habría sido más fácil rendirse.
Yo había tenido el privilegio de hacerme su amigo.
Pero la amistad no me daba automáticamente el derecho de contar su historia como yo quisiera.
Si iba a escribir Montar La Fire, primero tenía que aprender a escuchar.
Eso parece sencillo, pero escuchar es mucho más que simplemente oír.
Oír recoge datos.
Escuchar intenta comprender lo que esos hechos significaron para quienes los vivieron.
Necesitaba conocer mucho más que los lugares donde patinaban o cómo consiguieron sus primeras tablas. Necesitaba entender qué los unía, qué obstáculos enfrentaron y por qué la comunidad que habían formado era tan importante para ellos.
Sus experiencias inspirarían la novela, pero no quería tomar sus vidas y convertirlas simplemente en piezas de ficción.
Quería honrarlas.
Eso significó hacer muchas preguntas.
Significó escuchar recuerdos diferentes de los mismos años.
Significó reconocer que ninguna persona conoce toda la historia.
Y, en ocasiones, significó dejar a un lado lo que yo creía entender para permitir que alguien más me mostrara aquello que había pasado por alto.
“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.”
— Santiago 1:19 (RVR1960)
Con frecuencia pensamos en este versículo como un consejo para evitar discusiones. Y ciertamente lo es.
Pero también creo que nos enseña algo sobre cómo comprender a las personas.
Nunca conoceremos realmente la historia de alguien si siempre estamos preparando nuestra propia respuesta.
No podemos entender lo que ha moldeado la vida de otra persona si ya hemos decidido de antemano cómo creemos que fue su experiencia.
Y no podemos honrar a los demás si hablamos por ellos antes de tomarnos el tiempo para escucharlos.
Esta lección va mucho más allá de escribir libros.
Cada persona que conocemos lleva consigo recuerdos, luchas, esperanzas y experiencias que no podemos ver a simple vista.
Podemos observar lo que hace sin comprender por qué lo hace.
Podemos ver dónde está hoy sin conocer el camino que la llevó hasta allí.
Incluso podemos pensar que conocemos bien a alguien y, aun así, conocer solo una pequeña parte de su historia.
Escribir Montar La Fire me recordó que escuchar es uno de los regalos más valiosos que podemos ofrecer a otra persona.
No escuchar para corregir.
No escuchar mientras esperamos nuestro turno para hablar.
Simplemente escuchar porque su historia importa.
El libro lleva mi nombre en la portada.
Pero la historia que le dio vida pertenecía a toda una comunidad.
Mi responsabilidad era escuchar con suficiente atención para contarla con el respeto que merecía.