¿Qué nació primero—Mateo o Miraflor?
Cuando los lectores descubren Mateo y los Secretos de la Palabra Eterna, suelen pensar que todo comenzó con un niño llamado Mateo. En realidad, la historia empezó con la búsqueda del lugar perfecto para contar su aventura.
Después de terminar Ride the Fire, sabía que mi próxima novela también estaría ambientada en Nicaragua. Pero esta vez buscaba un escenario muy diferente. En lugar de una ciudad colonial como León, quería una comunidad tranquila en las montañas, donde la fe, la familia y la vida cotidiana pudieran entrelazarse de forma natural con una aventura extraordinaria.
Mientras buscaba ese lugar, varios amigos comenzaron a hablarme de la Reserva Natural Miraflor. Cuanto más investigaba, más convencido estaba de que había encontrado el escenario que buscaba. Mucho antes de visitarla por primera vez, Miraflor ya se había convertido, en mi imaginación, en el hogar de Mateo, su familia y el Padre Tomás.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Para cuando finalmente viajé a Miraflor, la mayor parte de la novela ya estaba escrita.
Recorrer sus caminos de montaña, contemplar sus cultivos y conocer a su gente confirmó gran parte de lo que había imaginado. Pero también me permitió descubrir algunos detalles que no había interpretado del todo bien durante mi investigación. Esos descubrimientos me llevaron a realizar pequeños, pero importantes cambios, no solo en la historia, sino también en varias de las ilustraciones.
La iglesia de la novela sigue siendo ficticia, pero las montañas, los jardines y el paisaje rural que la rodean ahora reflejan mucho mejor la belleza del verdadero Miraflor. Lo mismo ocurre con el hogar de Mateo y el mundo que lo rodea. Visitar la reserva ayudó a transformar esos escenarios de lugares imaginados en espacios inspirados por una experiencia de primera mano.
Donde la imaginación se encontró con Miraflor.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que la respuesta es sencilla.
Mateo se convirtió en el corazón de la historia, pero Miraflor le dio un hogar.
A veces, una historia no comienza con un personaje, sino con un lugar que espera pacientemente ser descubierto.